Es un abuelo de piel oscura, de cuna y raíces echadas en la vecindad del mar (de Tolú) con menor linaje, llevando dentro un corazón decantado por el tiempo y el fragor de la experiencia siempre menesterosa de reflexión; debe andar por la temporalidad transicional del octogenario de mirada heroica imantada a su horizonte de longevo, cursando con intensidad sentida su condición de sobreviviente de dificultades múltiples apoyado en el presupuesto del esfuerzo personal y una laboriosidad con fe de carbonero en una frente de ancha dignidad; es un testimonio de vida en la que se re-crea la inolvidable canción de Piero, Mi viejo, justo cuando los deseos, incluyendo la libido, han amainado hasta disecarse y, la nostalgia se entroniza en un sedentarismo de taburete y mecedora en ejercicios de evocación del ayer.
Después de levantar con pulso de patriarca expuesto a la intemperie del diario sol, sus vástagos en número de seis -entre hombres y mujeres-, tributados con generosidad a la vida y al mundo, continua en presente desplegando su vocación paternal ahora volcada con ternura de altruista a brindar sombra vegetal y depuración del aire que respiramos a los habitantes urbanos de este puerto. Ya no es la fuerza y espesura de la sangre la que mueve su afecto, sino el servicio a sus conciudadanos sin ninguna retribución.
Sus nuevos engendros son hoy seis verdes árboles de un verde lustroso y una frondosidad de frescor en crecimiento, sembrados con inusitado éxito en el separador de la avenida primera, sector norte, frente al mar en el espacio entre los límites de Don Toño y la esquina del viejo “bunker”, en cuyas colindancias tiene su campamento de toda una vida, este señor cuyo nombre de pila es Urbano Vitola. Tengo la corazonada que muchas palmeras que rebosan salud y anhelan aproximarse a este cielo en el mismo separador llevan en sus cortezas, indeleble su huella de padre amoroso.
Es este el curtido hombre de innúmeras batallas cotidianas que todas las mañanas exprime plasticidad a su sensible (afectada) zona lumbar y sus articulaciones de la región sacra, ganándole al sol la apuesta de levantarse con pie derecho y derrochar hacendosa laboriosidad! Y así apechichar a sus seis criaturas vegetales pertenecientes a la especie del árbol de Clemón, a los que con especial esmero limpia sus pies de toda maleza y regala sobria y fresca agua; ellos han aprendido a detectar su cálida presencia matinal, ya lo conocen y sí que lo extrañan!
Que esta magna y silenciosa obra eco-estética del amigo Urbano Vitola, sea replicada con creces por otros tantos toludeños, ya abuelos, ya jóvenes de libido desbordante. La inclemencia canicular de la zona intertropical donde estamos situados, reclama a gritos una planificada prospectiva de arborización sostenible y vigorosa sino queremos ser desierto.
Ramiro del Cristo Medina Pérez
Santiago de Tolú, febrero 23 - 2017